Cuando la justicia se hace injusta

La historia de Loly es la de muchas mujeres privadas de la libertad. Ese dolor indescriptible es el de tantas que sobreviven luchando con valentía. Las malas, las culpables, las que nunca nadie escuchó cuando pidieron ayuda. Las que dan todo por sus hijxs, las que aguantan, las que nos invitan a no tener miedo

Con ellas construimos, por otra justicia y otro mundo posible. De ellas aprendemos a no rendirnos, a estar juntas y a rearmarnos en el calor compañero. Agarramos los dolores, las violencias, las injusticias y las echamos a la hoguera, las transformamos en cenizas para que todo sea distinto

En este abrazo, hoy y todos los días que sea necesario volvemos a decir: Ni muertas ni presas.

El tiempo pasa y sólo puedo decir que me saqué un peso de encima. Quien sufre violencia de género, golpes, maltratos, humillaciones, sabe muy bien cómo terminan las cosas. El femicidio está a la orden del día y parece no importar lo suficiente.
Yo fui una mujer golpeada por tres años. El padre de mi hija atormentó mi vida, trastornó mi mente con la mentira más grande y cuento popular: “Somos una familia, vamos a estar bien”, e infinitas palabras que conocemos quienes pasamos por todo esto.

Todo se complica cuando tenés una bebé a quien cuidar, ya que es tu vida, cuidarte de un loco que tiene cargada un arma en su cintura, y tu bebé. El miedo, la tristeza, la soledad te acompañan. Porque tu vida es encerrada en la peor de las prisiones con una cadena y un candado en tu puerta; sin una comunicación con tu familia, que sabe por lo que estás pasando, porque ese día que no aguantaste más abriste la boca y confesaste por qué estás golpeada. Hablar, decir, contar lo que estás viviendo, está bien. No tengas jamás miedo. Yo tuve miedo mucho tiempo.
Un día dije basta y fui a hacer mi primera denuncia. Luego puse perimetrales y más denuncias. Llegué a estar internada en hospitales con hemorragia y con mi bebé. Todo es terrible por donde lo mires: prisioneras de la locura, de alguien que te dice amar. Pero te aseguro que quien te ama jamás te lastima.

Entendí y aprendí que la violencia de género es un círculo vicioso del cual es muy difícil salir. Opciones te aseguro que hay muchas pero historias como la mía hay montones. Yo misma te podría contar cómo me rompieron una rodilla con un ladrillo, o cómo me bajaron un ojo y terminé con puntos, o las veces que me pusieron un cuchillo en la garganta y abusaban de mí.
La gota que rebalsó el vaso fue cuando quemó a mi hija en su piernita con un cigarrillo. Esa noche esperé que él se duerma, agarré una cuchilla y lo apuñalé. Eran las 5:30 am. Esto pasó en Moreno. Y salvé la vida de mi hija y la mía. Una madre saca fuerza y valentía en el peor momento.
Ya pasaron tres años y cuatro meses que estoy privada de mi libertad con un homicidio simple. Yo me saqué un peso de encima. Y mi hija gracias a dios está bien: lleva una vida hermosa con sus abuelos que la crían, la llevan al jardín, a los cumpleaños, a pasear. Y puedo decir que es una niña feliz. La pesadilla se terminó y yo algún día volveré a casa.

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