Este tres de junio gritamos por cuarto año consecutivo, un poco más fuerte, NI UNA MENOS. Ni muertas por violencia, ni presas por defendernos. En este marco contamos la historia de Marcela, condenada a cadena perpetua a partir de un proceso judicial irregular y machista.

Nos encontramos con Florencia y Marylin un martes húmedo de abril para compartir un poco de la historia de Marcela, pero fue más que eso: mates, sensaciones y un abrazo en sororidad. Las hijas de Marcela hablaban con una fuerza que superaba toda expectativa ante la situación. Fuerza que venía de la seguridad y la certeza de que este caso – como tantos otros – tiene que ver con la desigualdad que impera en el sistema judicial, y la ausencia del estado en cuanto a las políticas de género “el estado calla todo lo que es violencia de género. Mi mamá sufrió violencia de género desde que nació […].

Marcela había estado en pareja con Eduardo Gómez, con quien se había mudado al pueblo de Bavio. Recibía múltiples violencias de parte de Eduardo en esa relación: psicológica, física, económica. A partir de distintas situaciones, había realizado dos exposiciones por violencia de género y una perimetral, esta última levantada por presión de Eduardo poco tiempo antes del incidente.

El 9 de agosto de 2015, ya separadxs, Eduardo y Marcela se encontraron a conversar en la ruta 11 –lugar cercano a Bavio, pautado para que el hombre no vaya a la casa en la que estaban los hijos de Marcela-. Ella se subió al auto de Eduardo, quien comenzó a conducir rumbo a Magdalena. Gómez la insultó, le pegó e intentó prenderla fuego. Marcela se tapó la cara y se tiró del auto, seguida por él. Hubo algunos testigos y una enfermera que los socorrió pero de todas maneras, a Marcela se la llevaron a la comisaría, y a Eduardo al hospital, ‘por estar más comprometido’.

 

Algunos días después él falleció, y ella fue encarcelada. Casi dos años más tarde Marcela fue condenada a cadena perpetua por homicidio agravado por el vínculo, sin que se tenga en cuenta ninguna de las violencias a las que era sometida.

¿Hay otro destino posible para las mujeres violentadas que la muerte o la cárcel? No parece posible con estos parámetros de justicia. Marcela, como muchas otras mujeres, tuvo ‘suerte’ de no perder la vida. Pero al sistema judicial no sólo no le alcanzan las violencias por las que pasamos a diario, si no que las reproduce, y crea nuevas. La presión económica muchas veces no deja opción ‘’ se levantó la perimetral porque Eduardo le dio tres meses más para irse de la casa (que estaba a nombre de él) y en la que mi mamá vivía con mis dos hermanos más chicos. La excusa era que en la fábrica donde él trabajaba estaban echando a mucha gente y podía tener problemas’’. Marcela no tenía trabajo ni conseguía casa para alquilar, porque Bavio es un pueblo muy chico.

Que la justicia en Argentina es arcaica y patriarcal no es noticia para nadie. Los jueces Ernesto Domenech, Andrés Vitali y Santiago Paolini, e incluso la fiscal, Silvina Langoni, omitieron por completo la violencia machista que sufría Marcela. Sólo se tomaron en cuenta las declaraciones de los testigos de parte de Gómez, ya que las dos declaraciones a favor de Marcela desaparecieron, y el abogado tuvo que pedir que se incorporen. La parte de Eduardo no contaba con abogado/a defensor/a. No se hicieron las pericias del auto, de la ropa, o del lugar del hecho. No se sabe cuál fue la sustancia inflamable que dejó a ambxs con daños por quemado. Los testigos se contradecían. Los trabajadores de la comisaría de Bavio eran familiares de Gómez, y maltrataron a Marcela durante su paso por allí. Eduardo firmaba con documentos falsos. Las exposiciones hechas por Marcela´´se perdieron´´. El Fallo salió tres semanas después del juicio, cuando en la teoría el plazo es de diez días. Marcela no fue atendida luego del hecho ‘’ Viene la ambulancia, se lo llevan, y a ella directamente a la comisaría. La detienen y le sacan las pertenencias. Se basan en que ella estaba menos comprometida y en una declaración que el hizo a la enfermera –esta hija de puta me intentó prender fuego- ’’ explica Marilyn.

Los jueces y la fiscal hacían preguntas del tipo ‘’¿Cómo puede ser que Marcela no comentara a viva voz que era violentada?  ¿Por qué Marcela accedió a reunirse con Eduardo si sufría violencia por parte de él? Claramente sin un ápice de conocimiento de lo que significa sufrir violencia de género. ‘’No hay pruebas y las que hay son a favor de mi mamá, y se la condena igual´´. Dos semana atrás el abogado de Marcela apeló con nuevas pruebas. La respuesta todavía no llegó.

 

El caso de Marcela es un ejemplo paradigmático de justicia patriarcal. La sociedad avanza, de a poco, pero la justicia se agarra fuerte para seguir conservando los privilegios de los varones. No importa si las mujeres sufren o sufrieron una cadena de violencias durante toda su vida, si se defienden de su agresor y tienen la suerte de sobrevivir, seguramente vayan presas (¿será casual que entre 1990 y 2007 las mujeres encarceladas en el sistema penitenciario federal aumentaran un 350%?). Además se suma la vulnerabilidad de clase ‘’claramente justicia para todos no hay’’ dice Florencia. No alcanza con demostrar que se está expuesta a violencias inimaginables, porque pareciera que los jueces no escuchan ni quieren hacerlo. Tenemos por delante una ardua tarea, en la que movamos tanto los cimientos de una sociedad machista y patriarcal, que su caída alcance a cada rincón, a cada recoveco, incluso a la justicia. Al patriarcado lo tiramos entre todas.

 

 

 

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