No estamos todas, faltan las mujeres privadas de su libertad. Las de los barrios populares. Las jefas de hogar, las primeras en salir a rebuscar la olla cuando no hay, como se define Vanesa, detenida en La Plata. Faltan aquellas que se propusieron disputar recursos del espacio público, que les resulta hostil por mujeres y por pobres. Las que pusieron el cuerpo por ellas y por sus familias. Las que se enfrentaron día a día en el barrio a la violencia de la policía y de la justicia.

Yo tuve miedo mucho tiempo y un día dije basta, comenta Loly, otra detenida en Los Hornos. Acá faltan muchas mujeres que se cansaron de años de violencia, denuncias desoídas y perimetrales violadas, y que hoy están privadas de su libertad por decir basta. Por decir no. Por pelear por su vida, por resistir. Faltan también las que abortaron y fueron condenadas por pretender decidir sobre sus cuerpos, por exigirse dueñas de su propio destino.

No estamos todas. Falta Milagro Sala, privada de su libertad hace 3 años por mujer, por coya, por militante popular. Faltan las mujeres sobre cuyos cuerpos se inscribe un continuum de violencias que el encierro redefine y refuerza. Las que se bancan la injusticia en el cuerpo, las que nos enseñan todos los días a resistir desde el amor y en conjunto con otras; defendiendo a la rancheada, exigiéndose autónomas.

Mientras los genocidas reciben prisión domiciliaria, las mujeres privadas de su libertad tienen que parir sin compañía de sus familiares, expuestas a la desidia y la violencia; y deben volver al penal, donde se les niegan todos los derechos a ellas y a sus hijxs.

Hoy, en la provincia de Buenos Aires hay más de dos mil mujeres privadas de su libertad. El 61% de ellas está con prisión preventiva, sin condena firme; y el número aumenta a 81% en el caso de las mujeres trans. En las cárceles sus cuerpos están expuestos a una violencia sistemática, de carácter físico, sexual, psicológico y simbólico. Son maltratadas y requisadas en términos vejatorios por penitenciarios varones. Son trasladadas arbitrariamente, aislándolas de sus familias y despojándolas de los lazos construidos en los penales. Durante las largas horas de traslado, no pueden comer, beber ni abrigarse; y deben viajar en “la latita”, rodeadas de penitenciarios varones, porque no hay móviles acondicionados específicamente para ellas. El derecho a la salud, la educación y el trabajo son negados a diario. El 60% de ellas no recibe siquiera elementos tan básicos como toallitas femeninas, tampones, papel higiénico, jabón, ni abrigo. No acceden a controles médicos, ginecológicos ni obstétricos.

Porque ellas construyen resistencias y fuerzas colectivas de las que tenemos mucho que aprender todxs lxs que queremos transformar las cosas. Ellas también se sueñan y nos sueñan vivas, libres y fuertes.

Mientras los genocidas reciben prisión domiciliaria, las mujeres privadas de su libertad tienen que parir sin compañía de sus familiares, expuestas a la desidia y la violencia; y deben volver al penal, donde se les niegan todos los derechos a ellas y a sus hijxs. Virginia, detenida en una unidad de Los Hornos, fue obligada en el año 2015 a parir esposada, en un hospital platense. El año pasado, cuatro mujeres trans en contexto de encierro, murieron por falta de acceso a la salud y tratos denigrantes.

Con un gobierno que hambrea al pueblo y avanza a los palos sobre derechos conquistados, la situación de las mujeres privadas de su libertad se agrava a diario. Las fuerzas de (in)seguridad se empoderan y se vuelve aún más urgente mirar donde no se ve, hacernos cargo de lo que sucede hacia dentro de los penales y defender la vida que las pibas se juegan todos los días. Porque ellas construyen resistencias y fuerzas colectivas de las que tenemos mucho que aprender todxs lxs que queremos transformar las cosas. Ellas también se sueñan y nos sueñan vivas, libres y fuertes.

Adriana, compañera privada de su libertad, nos convoca: Les propongo a todas, desde el lugar que ocupen en la sociedad, que se muevan, que no se callen, que usen las herramientas que tengan a su alcance, que actúen. Ya estamos demostrando que se puede. No nos detengamos, hasta que alguna vez, cuando prendamos la tele o abramos un diario, un nuevo femicidio no sea el titular del día. Por vos, por mí, por todas.  El movimiento de mujeres y feminista debe atender el llamado desde abajo, desde el otro lado de los muros; donde las pibas eligen y se la aguantan; enseñan, prometen y buscan.

Desde Atrapamuros, apostamos a construir feminismo popular en conjunto con las mujeres privadas de su libertad; porque asumimos la responsabilidad de llevar sus voces en nuestras gargantas y de hacernos carne de sus luchas y banderas. Por Adriana, por Vanesa, por Loly; por cada una de las mujeres privadas de su libertad que transforman en bronca la injusticia, y en resistencia el dolor.

Todas ellas tienen algo para decir, y el feminismo debe oír.

 

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