Por Mariel Reichenbach

Llueve.

Llueve y llueve, sin tregua.

Festín de un enjambre de pibes y pibas inquietxs que se escapan afuera, a enchastrarse de barro, lluvia y aventuras.

La gente de Caseros entra y sale del merendero, al lado de la canchita del club de fútbol infantil. Hoy el merendero se anticipa a su propio nombre, como siempre que puede, hoy recibe a la gente con un almuerzo. Pollo a las brasas, unos choris -de esos que tan mal le caen al presidente- y ensaladas.

El merendero nació como nacen los arcoíris, entre el barro opaco hecho charco y las gotas de lluvia que el sol, que asoma entre las nubes grises, seca al vuelo hasta volverlas rocío. Al principio fueron ocho pibes los que se juntaron. Todos en la misma, todos en el barro, en ningún trabajo los tomaban por ser ex-detenidos. Como tenían experiencia en la construcción, fueron buscando changuitas juntos.

En la metáfora quizás ese ir juntos sea el sol que transforma todo. La imagen del loderío de las calles del Barrio Derqui vuelve. Esa imagen es la imagen del poder de su gente organizada. Con los pies bien metidos en la tierra, desde lo profundo. Donde el barro se subleva y se rebela. ¿Por qué hay que acostumbrarse? El barrio no se acostumbra, el barro no se conforma. Y el barrio no se conforma con que el barro sea la forma natural, la que Derqui y su gente se merece. Parece mentira que allá, hace unos meses, esas calles empezaron a tomar otras formas, a partir de su laburo.

En el municipio no les dieron cabida al principio. Fueron a la universidad y consiguieron ayuda para tener los papeles y ser oficialmente una cooperativa. Poco a poco construyeron la dignidad del barrio y de sus calles, sin perder jamás el orgullo de haberse embarrado hasta los huesos, y de seguir embarrándose. De ocho pasaron a ser 33 pibes, entre los 18 y los 40 años; con la posibilidad de sumar a pibes de 17, que salen de institutos de menores y están en la misma que estuvieron ellos.

Además de la cooperativa a la que llamaron Los Topos, hicieron el club. Sin cobrar nada, con ayuda de los vecinos. Primero fueron festivales, después la murga, las clases de guitarra y hasta una revista. Hoy con la ayuda del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) pueden ofrecer una comida para quienes se acercan al merendero, que por la coyuntura son cada vez más.

La imagen del loderío de las calles del Barrio Derqui vuelve. Esa imagen es la imagen del poder de su gente organizada. Con los pies bien metidos en la tierra, desde lo profundo. Donde el barro se subleva y se rebela.

El Araña, uno de los referentes, uno de esos ocho que empezaron la movida, dice cuando lo entrevistan en FM Riachuelo: “Nadie nos regala nada. Nos levantamos a las 8 de la mañana y agarramos la pala”. Resignificando desafiante, esa muletilla del discurso de los sectores más acomodados, de quienes nunca agarraron una pala. Ahora en el merendero se le hace difícil moverse, cada paso que da se convierte en una emboscada de nenxs parlanchinxs que se le cuelgan y lo llenan de preguntas: «¿Hay torneo hoy, Araña?».

El barrio transformó el loderío en ese club de fútbol infantil. El club fue excusa de encuentro y del encuentro nacieron los reclamos y los derechos.  Lxs pibxs armaron rancho y exigieron, le arrebataron al Estado, a ese municipio que al principio no los escuchó, el derecho a trabajar dignamente. La gente se organizó y se le plantó de nuevo para que le dieran las llaves de la casa que hoy se transformó en el espacio de encuentro del Barrio Derqui. Y hoy se embarran construyendo en el barrio. Construyen no sólo calles, también conciencia y organización, encuentro y torta frita. Construyen también el futuro compartido de lo que falta.

El Araña toma la palabra, tiznado por los claros de sol que entran desde la ventana, en una de las habitaciones que se usa para los talleres de apoyo escolar.  De fondo, un pizarrón que habla de la libertad. Sobre la otra pared, una biblioteca. En el medio, una mesa redonda con gente sentada alrededor.

Se embala con las reflexiones, habla con pasión. Habla de lo que se está haciendo, de lo que falta, de los sueños que quedan por luchar. Habla en boca de otrxs que no están en la pieza, y va entretejiendo en el aire las pequeñas resistencias, luchas propias y ajenas, presentes y pasadas, de las que fue naciendo el proyecto de la cooperativa de trabajo, la conquista de ese espacio. Entre esas resistencias que se entretejieron con la suya, se le escapa a Araña el aguante de su hermano Lupo, las fuerzas de la gente del barrio.

Explica que no fue el Estado el que tocó la puerta y sirvió todo en bandeja. Ni tampoco se trata de refunfuñar contra él, como una especie de monstruosidad que no nos pertenece:

“No, no, no: eso es lo que hace el marxismo teórico, el que se queda en el papel” dice el Araña; y vuelve a la carga: “Hay que ser más pillxs… Al Estado hay que asaltarlo, tomarlo, ocuparlo, reconstruirlo desde nuevas formas y desde abajo. Marxismo práctico, carajo”.

Habla en boca de otrxs que no están en la pieza, y va entretejiendo en el aire las pequeñas resistencias, luchas propias y ajenas, presentes y pasadas, de las que fue naciendo el proyecto de la cooperativa de trabajo, la conquista de ese espacio.

Como el barrio hizo con ese espacio que antes estaba cerrado, figurando para un programa fantasma que factura guita que vaya a saber unx dónde va a parar.

Ahora el lugar tiene vida, gracias a la gente que ocupó y construyó Estado, que hizo patria en ese rincón del conurbano. Porque como se responden los pibitos y pibitas después de preguntar «¿Qué es patria?”:

“Patria es… ir a la escuela, jugar, tener un trabajo digno».