Por Inés Oleastro y Martina Bostal

Dos de abril suena, resuena, La Plata recuerda. El agua corre, sólo entra, no sale. ¿Te imaginás la sensación de ver entrar el agua, que no deja de llenar la habitación y de subir? ¿Te imaginás, además, estar encerradx entre rejas sin poder salir?

Los pies mojados empiezan siendo la preocupación, después las cosas, después la vida. Cuando el agua cubre las rodillas, ese es el momento en que todo se oscurece. Se corta la luz. Sin luces de emergencia y sin poder salir, pabellones llenos de agua, pabellones destruidos, pabellones con niños/as, y las rejas en el medio. Un Servicio Penitenciario que hace oídos sordos a los gritos, a los pedidos, al auxilio. Y en medio de la desesperación, la solidaridad.

En medio de la oscuridad de la noche, profundizada por la falta de electricidad, las zonas estaban prácticamente sitiadas. Las cárceles no fueron la excepción, sino todo lo contrario.

La inundación del 2 de abril en la ciudad de La Plata fue un punto de inflexión, barrios enteros colapsados por el agua, casas destruidas, desaparecidxs, muertes. En cada barrio fue diferente, a algunos les tocó más de cerca, otros “zafaron”. La situación de la periferia de la ciudad fue crítica. El Estado sólo llegó a través de sus agentes de seguridad, de Gendarmería, y hasta ahí nomás. En medio de la oscuridad de la noche, profundizada por la falta de electricidad, las zonas estaban prácticamente sitiadas. Las cárceles no fueron la excepción, sino todo lo contrario.

Una de las zonas más afectadas fue la de Los Hornos, donde existen varias cárceles de mujeres. A ellas también las golpeó en la madrugada, de sorpresa y con miedo. Insistieron e insistieron, hasta que lograron que les abran las rejas. En otros pabellones las recibieron, les hicieron un lugar para que se queden. Ya estaban mojadas, también los niños y niñas que viven con ellas en los pabellones de madres.

Hubo miedo, sí, tristeza e incertidumbre. Pero también existió solidaridad, compañerismo y organización colectiva. Las pibas salieron del medio del agua y no sólo recompusieron sus cosas y sus espacios, sino que también hicieron frente a un Servicio que las olvida, las invisibiliza y omite que están ahí.

Al otro día, ellas también volvieron a ver sus cosas, a ver con qué se encontraban. A desinfectar el lugar donde viven, limpiar, intentar salvar lo que más puedan porque reponerlo es todavía más difícil. Nadie se acercó, ninguna ONG, ningún medio de comunicación, ningún magistrado, nadie. Nadie se encargó de ver cómo estaban, de recomponer el lugar. Fueron ellas las que se encargaron de dar a conocer esta situación, de contar cómo la vivieron. Contar que no hay un plan de acción ante estas situaciones, que lxs profesionales de sanidad no realizaron ningún control sobre la población infantil ni la campaña de vacunación prevista por el Ministerio de Salud. Los problemas que ya de por sí existen en la cárceles se vieron agravados por esta situación, hicieron que la inundación pegue más fuerte.

Hubo miedo, sí, tristeza e incertidumbre. Pero también existió solidaridad, compañerismo y organización colectiva. Las pibas salieron del medio del agua y no sólo recompusieron sus cosas y sus espacios, sino que también hicieron frente a un Servicio que las olvida, las invisibiliza y omite que están ahí.

la solidaridad por la situación llegó desde distintos penales, haciendo eco de que la cárcel es un problema de todxs, que la inundación también lo es, y que no es casual que, frente a una catástrofe como esta, las repercusiones siempre les peguen a las mismas personas.

Muchas personas se comprometieron con el resto, con sus vecinos y vecinas. Así también lo hicieron desde otras unidades de La Plata y alrededores, llegando hasta Varela. Las personas que están privadas de su libertad no están aisladas de lo que sucede, no están “por fuera” de la sociedad, porque también participan, resisten, se organizan. Así, la solidaridad por la situación llegó desde distintos penales, haciendo eco de que la cárcel es un problema de todxs, que la inundación también lo es, y que no es casual que, frente a una catástrofe como esta, las repercusiones siempre les peguen a las mismas personas.

¿Fue culpa del agua que la inundación colapse los barrios de la periferia? ¿Fue culpa del agua que la ciudad no estuviese preparada? ¿Fue culpa del agua que no les abrieran las rejas para salir del pabellón? ¿Fue culpa del agua la Masacre del Pabellón Séptimo? ¿Fue culpa del agua la muerte de siete detenidos en la comisaría de Pergamino? ¿Fue culpa del agua la muerte de Angie y de Pamela, compañeras trans detenidas arbitrariamente?

Como dice La Pulseada:

“A Julio López no se lo llevó el agua. A Andrés Nuñez no se lo llevó el agua. A Omar Cigarán no lo baleó el agua. El agua no escribió el código de planeamiento urbano. El agua no dispone la cartelera del Coliseo Podestá. El agua no deja sin presupuesto los centros culturales. El agua no persigue a los jóvenes de los barrios. El agua no hace pactos oscuros con los de siempre. El agua no pide para nadie la pena de muerte”.

A cinco años de la inundación, seguimos construyendo organización con los pibes y las pibas, mientras los responsables siguen impunes.

 

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