Por Pierina Garófalo y Iara Jofré

Belén libre. Belén inocente.

Belén estuvo 888 días, entre marzo de 2014 y agosto de 2016, privada de su libertad; acusada de homicidio agravado por el vínculo. El lunes pasado fue absuelta por unanimidad por la Corte Suprema de Justicia de Tucumán.

El 21 de Marzo del 2014, en la guardia del hospital de Clínicas de Avellaneda en San Miguel de Tucumán, se presentó Belén, manifestando dolores abdominales. Cuando el sangrado que tenía se hizo cada vez más abundante, fue derivada al Servicio de Ginecología donde le informaron que estaba pasando un aborto espontáneo. Allí comenzó a pesar sobre la joven tucumana el accionar de la (in)justicia.

Aunque desconocía su embarazo, los médicos decidieron denunciarla presentando un feto al que nunca sometieron a un ADN, siendo imposible comprobar que fuera de Belén. Estuvo cinco días internada con custodia policial; porque policías, enfermeros y médicos la acusaban de haber matado a su bebé. Cuando le tocó el alta, la trasladaron a una celda donde cumplió dos años de prisión preventiva. Porque en abril del 2014 el tribunal de Tucumán consideró que había cometido un delito y la condenó a más de ocho años de prisión por homicidio doblemente agravado por el vínculo. La justicia, como dijo la abogada Soledad Deza, que asumiría luego la defensa de Belén, es clasista, patriarcal y misógina.

Hay muchas Belenes cuyas historias y cuerpos son criminalizados y castigados a diario.

Durante toda la investigación se cometieron una serie de “irregularidades” que hablan por sí mismas, evidenciando una justicia que no es justa. Nunca se realizó un ADN entre Belén y el feto que se le adjudicó. Las “pruebas” no se conservaron y el feto desapareció, sin que pudiera determinarse si había nacido con vida y si el traumatismo que en él se observaba había sido provocado por Belén. Belén que, ese 21 de marzo, ingresó a la guardia cincuenta minutos después del horario en que se encontró el feto.

El lunes pasado, tres marzos después, La Corte Suprema de justicia de Tucumán decidió, por unanimidad, absolverla: “Me siento feliz. Ahora puedo respirar tranquila y saber que se hizo justicia. Porque yo jamás hice lo que ellos pensaron. Gracias a todas las personas que estuvieron luchando a mi lado ahora podemos gritar que se hizo justicia”, dijo Belén.

Belén organizada. Belén autónoma.

La absolución de Belén es un victoria colectiva. Desde que se dio a conocer su caso, el movimiento de mujeres y feminista se encontró en el grito unánime que exigía su libertad. Hizo de su nombre y su historia una bandera de lucha. Arremetió contra médicos, policías y jueces que nos someten y violentan a diario. Defendió el derecho de Belén y el de cada una a decidir sobre su propio cuerpo. Puso en duda las sentencias patriarcales y logró aunar un amplio arco de organizaciones y movimientos sociales en un reclamo compartido.

El movimiento de mujeres y feminista demuestra, en la absolución de Belén, su potencial de resistencia ante la violencia patriarcal y clasista que se recrudece en un contexto de “ofensiva antiderechos”, como lo definiera Soledad Deza. Esa violencia que atraviesa cuerpos y gritos de miles de Belenes, de ambos lados de los muros, no es absoluta ni tiene asegurada su victoria.

La libertad de Belén es, en esta pequeña-gran victoria-nuestra sobre la violencia y la injusticia, también de todas. Dijimos no. Y que somos muchas. Y que cada día más. Con nuestros cuerpos y gritos dispuestos a hermanarse y organizarse, avanzamos, crecemos, nos empoderamos. Nos hacemos más libres. En Belén y en todas.

La absolución de Belén es un victoria colectiva. Desde que se dio a conocer su caso, el movimiento de mujeres y feminista se encontró en el grito unánime que exigía su libertad.

Belén multiplicada. Las Belenes detrás de los muros

La condena que hicieron recaer sobre Belén aquellos que formaron parte del entramado médico, policial y judicial que la acusó, se propuso aleccionadora. Las mujeres que pretenden decidir sobre sus propios cuerpos son castigadas. Y el castigo busca disciplinar, corregir, subyugar.

Del otro lado de los muros hay muchas Belenes. El movimiento de mujeres y feministas también debe recuperar sus historias y hacerlas grito y bandera. Las Belenes están privadas de su libertad por recuperar para sí el derecho a decidir sobre su propio cuerpo. Por ejercer autonomía sobre ese cuerpo. Por reclamarse soberanas de sus días y vidas; elecciones y motivos. Por decir no. Por decir basta. Por no ser lo que se debe ser.

Decir Belenes es decir Higuis. El castigo se ensancha: además de la violencia que impone sobre los cuerpos de las mujeres, las hiere simbólica y psicológicamente. Las nombra malas mujeres y malas madres. Destruye redes familiares, aisla, abandona.

Pero las Belenes y las Higuis, y en ellas otras tantas mujeres privadas de su libertad, resisten. Se encuentran, se cuidan. Conquistan esperanzas y fuerzas todos los días. Empujan, gritan. Hay que oir.

Belén somos todas

Todas somos Belén. El feminismo pone sobre la mesa, una vez más, la fuerza de la lucha y de la organización colectiva. La alegría también es colectiva. Porque en Belén y en su cuerpo, anduvimos un poquito todas: brujas, desobedientes, malas; convencidas, enojadas, cansadas. Nuestras gargantas alojaron estos meses el nombre de Belén: lo hicieron grito colectivo, compartido, organizado. Somos muchas. Somos cada vez más. La libertad de Belén también la celebramos en nuestros propios cuerpos y gritos.

Las Belenes están privadas de su libertad por recuperar para sí el derecho a decidir sobre su propio cuerpo. Por ejercer autonomía sobre ese cuerpo. Por decir no. Por decir basta. Por no ser lo que se debe ser.

No queremos más mujeres privadas de su libertad por decidir sobre su propio cuerpo; por defenderse; por buscar una salida, por elegirse viva. En los abrazos en que celebramos la libertad de Belén nos recargamos de fuerzas. Porque también somos Higui. Porque llevamos en el cuerpo el compromiso y la responsabilidad de oír a todas aquellas que, del otro lado de los muros, también gritan.

 

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