“Para el servicio penitenciario un/a presx es más peligrosx con una lapicera que con una faca”


Defender la educación pública es defender la educación en cárceles, es defender la educación como un derecho. Se conoce poco sobre la educación en las cárceles, sobre las posibilidades y limitaciones que atraviesan quienes se encuentran privadxs de su libertad para poder acceder a ella. En este sentido, la situación es poco alentadora en las cárceles de la Provincia de Buenos Aires. El acceso a la educación, al igual que en el afuera, está muy restringido y dentro del Penal cobra un nuevo significado: el de beneficio o privilegio. Aproximadamente el 65% de la población privada de su libertad no tiene garantizado el acceso a la educación, ya sea primaria, secundaria o universitaria.

Que este derecho no se cumpla, tiene que ver, entre tantas otras cosas, con responsabilidades y voluntades políticas de quienes gobiernan, del Estado aún más allá del sistema carcelario. Una persona privada de su libertad que estudia inevitablemente molesta en su entorno: es un/a detenido/a alfabetizado/a, que puede defenderse por otros medios frente a un sistema que criminaliza la pobreza, frente a un acceso a la justicia limitado, que puede comprender el inentendible lenguaje judicial. En fin, puede adquirir más herramientas para hacerle frente a un Estado que lejos está de ser garante de derechos, sino más bien defensor de sus intereses de clase.

En primer lugar, entrar en el “mundo de la educación formal” para un/a detenido/a es una cuestión de voluntad propia, ya que no hay un incentivo por parte de la institución para que esto suceda. Lo que hay son obstáculos: para poder inscribirse en el colegio o la universidad, para conseguir los materiales de estudio, para comprar elementos de trabajo. Van emergiendo nuevas trabas en la rueda de un sistema al que evidentemente no le resulta conveniente que este número empiece a crecer.  Aquí comienza la violencia materializada en hechos, en impedimentos de los más variados que se le ponen a quien tenga interés de construir un camino diferente: que los profesores o profesoras faltaron, que está lloviendo, que hay poco personal, que no hay autorización, entre otras.


¿Pero qué pasa cuando lográs inscribirte al colegio?

Sigue siendo un beneficio. Si te portas bien, si tu pabellón no tiene problemas, si no estás en buzones, si no hay requisa, si estás en la lista, si tuvieron la voluntad de buscarte, entonces vas a la escuela. ¿Y cómo hacés para seguir estudiando? Si tenés un lugar tranquilo para estudiar, si los/as profesores/as van a dar clase, si conseguís el material, si no te trasladan a otra unidad, quizás puedas terminar el colegio. Para quienes estudian una carrera universitaria, se les suma una traba más: ir a cursar o a rendir exámenes.


Para trasladarme ¡si! para llevarme a la facultad ¡no! dicen no tener vehículos.


Pensar y visibilizar las condiciones de estudio y las posibilidades que tienen estos/as estudiantes es más que una necesidad: es una responsabilidad. Son compañeros y compañeras que transitan la Facultad, que están pero que no están, ya que las dificultades que tienen para permanecer en la Universidad no siempre son tenidas en cuenta a la hora de pensar en las problemáticas de los/as estudiantes. Así, la defensa de la educación pública también implica aportar a que los sectores populares que lograron llegar al estudio de grado puedan permanecer y egresar de la carrera universitaria.


Yo estudio en una celda, yo voy a rendir esposadx.


Siguiendo por este camino, durante la semana del estudiante hemos realizado distintas instancias y actividades de encuentro para problematizar esta realidad que no nos es ajena, que nos atraviesa como estudiantes de las distintas Facultades y los distintos colegios. Talleres, charlas e intercambios con nuestrxs compañerxs privadxs de su libertad, que plantearon distintos aspectos de esa realidad no sólo para visibilizarla sino también para despertar inquietudes para transformarla. La semana del estudiante privadx de su libertad consistió entonces en recrear en diferentes espacios las experiencias de educación en contexto de encierro, con diferentes estrategias y ejes, y con una participación activa de lxs compañerxs que se encuentran detenidxs, a través de cartas, escritos, juegos y revistas. En tiempos donde se ataca la educación pública, es necesario anticiparnos al cuestionamiento que se extiende a la educación en cárceles. Un cuestionamiento sin fundamentos ya que una persona que cae detenida pierde el derecho a la libertad ambulatoria, no el resto de derechos básicos. La educación es más que un derecho por el que pelear: es un eje fundamental para la transformación de la cárcel a través de la organización y la perspectiva crítica de lxs sujetxs que a ella acceden.


Papeles, candados, encargados, carnets…Cuando la arbitrariedad es la regla, la educación se transforma casi en una lotería o un juego de azar porque depende de la ruleta de la suerte. ¡¿Quién da más?! ¡No!: no da más. La censura existe en  ese momento exacto en el que el derecho a la educación se transforma en un privilegio.

 

 

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