Por Inés Oleastro y Agostina Polischuk

El documental ficcionalizado “Los cuerpos dóciles” dirigida por Matías Scaravaci y Diego Gachassin, se centra en la cotidianeidad del abogado penalista Alfredo García Kalb. El personaje principal es un defensor estatal de dos pibes de barrios marginales del conurbano bonaerense que, acusados de robar una peluquería, se enfrentan al aparato judicial argentino.

 

La película revela la existencia de la otra cara de la justicia, aquella que criminaliza la pobreza, lxs jóvenes y los barrios. El documental muestra la punta del iceberg de una justicia burocrática, clasista, machista y capitalista. Una justicia que produce y reproduce relaciones desiguales de poder funcional a un sistema de opresión y exclusión y que por lo tanto, incomoda. Una justicia de la que no se habla, pero de la que sin embargo, su existencia es imposible de ocultar.  

Teniendo en cuenta las flaquezas y debilidades de un sistema excluyente, los directores no sólo reflejan a través de la villa y el aspecto de los jóvenes acusados el estereotipo de quiénes son en verdad lxs que ocupan las cárceles argentinas; sino que obliga a dimensionar más allá del sentido común la realidad de un sistema penal parcial que no está, justamente, a favor de lxs oprimidxs. Para quienes suelen enfrentarlo, ese sistema se convierte en un laberinto que habla un idioma diferente, específico y desconocido y que no parece estar interesado en comprender ese mundo que le resulta ajeno.

Las escenas en donde se plasma el rol de la familia -sobre todo el de la madre de uno de los detenidos-, demuestran cómo la pena excede a quienes son privadxs de su libertad, multiplicando los cuerpos dóciles de los que habló Foucault. Es decir cómo esos cuerpos que son sometidos y manipulables, se reproduce en todo aquel o aquella que está presente en todo el proceso de la condena. Cuerpos que son también excluídxs y ninguneadxs por la voracidad de un contexto que no les favorece.

Si bien el documental intenta poner en cuestión cómo opera la aplicación de la pena y a quiénes se les suele otorgar -análisis claves que suelen obviar la mayoría de los medios de comunicación-, no deja romantizar el rol del defensor penal. ¿Por qué decimos esto? La población detenida en la Provincia de Buenos Aires -y a nivel nacional- proviene, en su amplia mayoría de los sectores populares, por lo tanto es fictício que cuenten con la posibilidad de pagar a un abogado particular. Sin embargo, al entrar en juicio todas las personas tienen el derecho a pedir una defensa, por lo tanto el Estado se ve obligado a proporcionarles unx.

El papel del abogado contrasta con el de la mayoría de lxs defensorxs estatales, ya que en la práctica, estxs cumplen parcialmente con aquella función. No existe tal intercambio fluido con sus defendidxs como sucede en la película provocando como consecuencia, que todo el proceso judicial sea entendido como un trámite que debe solucionarse de la forma más rápida posible.

Lo interesante del personaje de Alfredo es que pone en jaque los sentidos mismos de la profesión. Se vislumbra la posibilidad de otro tipo de dinámica entre lxs defensorxs del Estado y lxs acusadxs. La vocación, la comprensión y el diálogo permiten construir puentes de vinculación entre dos actores diferentes y en situaciones distintas, que deben resolver en conjunto algo tan importante como es un juicio.

De esta manera, se pone en evidencia que no es suficiente el conocimiento del derecho en su sentido más duro y estricto si no es acompañado por un abordaje integral del caso. Un abordaje que permita el intercambio permanente con el/la acusadx, donde las herramientas con las que se cuenta, que son específicas y necesarias, se pongan realmente a disposición de quién está en el centro de la escena.

 

 

 

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