Desde la cárcel, nuestros compañeros reflexionaron sobre el 26 de junio: día de la dignidad piquetera, día en que recordamos a Darío y Maxi. Decidieron ponerse en el lugar de ellos para reconstruir ese día, y también decidieron incomodarse e imaginar el lugar de un policía. Dos cuentos que mezclan realidad y ficción.

 

¡PAREN! No disparen


El día 26 de junio de 2002, en Monte Chingolo, Barrio La Fe, me desperté temprano como todos los días y me puse a tomar mates con mi vieja acompañado de unos bizcochitos de la panadería de la vuelta de mi casa “Los Primos”; mientras desayunábamos, le comentaba sobre la marcha que iba a haber hasta el Puente Pueyrredón y la idea del corte a modo de reclamo.Al rato, me pasó a buscar mi prima, Maia; agarré mi remera y la bandera del MTD (Movimiento de Trabajadores Desocupados) y fuimos pateando las calles de tierra hasta el centro, donde nos juntamos con lxs compañerxs. Ya sentíamos un clima de tensión y mucho movimiento y nerviosismo; no era un día común y corriente, iba a ser una marcha muy importante y ya presentíamos con mi prima que algo malo podía llegar a pasar; pero sin embargo decidimos luchar igual, gritar nuestra causa a los cuatro vientos y que todxs nos oigan.Nos organizamos para subir a los micros mientras mi viejo cargaba los bombos y las banderas; Darío fue quien lo acompañó en la cabina mientras escuchaban la radio, donde avisaban que iba a haber un piquete en el Puente Pueyrredón y que la policía ya estaba preparada para “poner orden”.Nos bajamos en la Avenida Mitre, donde descargamos los bombos y las banderas mientras esperábamos a lxs pibxs del barrio para empezar a marchar. Arrancamos a caminar cantando “¡Piqueterxs carajo!…”, agitando nuestras banderas con fuerza y dignidad, llevando la consigna “La única lucha que se pierde es la que se abandona”.Después de caminar un rato, empezamos a llegar al puente y lo vimos lleno de gorras armadxs, esperándonos. Tras las corridas, un compañero alterado nos dice a mí y a Darío que le habían disparado a Petete (Maxi) en la estación de Avellaneda. En ese momento, Darío se fue alterado, corriendo desesperadamente a buscar a Maxi.Esa fue la última vez que lo vi con vida a Darío. Aquella noche, la ausencia de nuestros dos compañeros se notó en todo el barrio y en nuestras vidas.


Apreté el gatillo


Eduardo Carrizo es mi nombre. Soy padre de dos hijos. Tengo 47 años. Fue un 25 de junio del año 2002, cuando recibí una llamada. Pero antes que les cuente lo que me dijeron en esa llamada, les voy a contar que trabajo en una fuerza armada que tiene como función mantener el orden cueste lo que cueste. Esto implica para mí formar parte de un estado de derecho. La mañana del 25 me levanté discutiendo con mi mujer por el poco tiempo que estoy en casa daa la exigencia que implica mi deber de funcionario público. Ella jamás me va a comprender y eso me genera impotencia y bronca.En esa llamada me convocaron a una reunión de suma urgencia en la seccional 5º de Avellaneda. En lo inmediato imaginé que se relacionaría con los sucesivos movimientos que los piqueteros de mierda estaban generando en el país. Sin dudarlo, me preparé rápidamente para asistir a la reunión.Ya en la reunión el aire estaba tenso; caras desconocidas, miembros de distintas fuerzas de seguridad habían sido convocados con un mismo objetivo: evitar que los zurdos tomen el puente Pueyrredón. El presidente Duhalde había sido claro con las pretensiones piqueteras: nada iba a atentar contra la continuidad de su gobierno.A la mañana del día siguiente, la misión se ponía en marcha. Mientras me vestía sentía que el uniforme era parte de mi vida y de todo lo que defendía. A las pocas horas estábamos frente a frente con los subversivos. “¡Déjenos cortar!”, gritaban, mientras Franchiotti recargaba su itaka exigiéndoles que retrocedieran. En pocos segundos todo estalló. Piedras, balas, gritos, corridas… El plan B se ponía en marcha frente al caos. Las balas de plomo entraron en juego y fue cuando lo vi caer abatido a un manifestante. Inmediatamente otro lo socorría. Este último se convertía en un testigo peligroso. Y ahí entró en juego mi deber. “El fin justifica los medios”… recordé las directivas del día anterior y apreté el gatillo.