La cárcel es corrupción, tortura, violaciones de derechos humanos. La cárcel es violencia institucional.
En la cárcel conviven la corrupción, la desidia y la inoperancia. Lxs agentes penitenciarixs, como funcionarixs públicxs, cometen delitos a diario. Los grandes montos de dinero destinados a la compra de insumos se pierden en el camino: a los presos y a las presas les falta la comida, el agua, los elementos de higiene, padecen las necesidades más básicas. Mientras, los delitos del Servicio Penitenciario quedan impunes: impunidad que perpetúa la corrupción.
En la cárcel se padece tortura por acción u omisión de agentes del Estado, muchas veces por medio de tercerxs. La tortura está en varias prácticas: agresiones físicas, violencia de género, malas condiciones de salud, privación del derecho a la educación, condiciones de detención inhumanas, traslados constantes, trabajo esclavo, ruptura de vínculos familiares, aislamiento como castigo.
En la cárcel se violan derechos humanos. El Estado no genera las condiciones necesarias para una vida digna ahí adentro. Las personas encerradas no pueden ejercer sus derechos políticos y civiles, económicos, sociales y culturales. La cárcel priva mucho más que la libertad ambulatoria.
Las personas que la cárcel encierra están bajo la custodia del Estado. Hablamos de violencia en la cárcel porque se produce un daño que perdura en el cuerpo de quien lo sufre. Hablamos de violencia institucional porque es el Servicio Penitenciario, como parte de las funciones del Estado, quien ejerce esa violencia.
Los presos y presas no hablan de «tratamiento» ni de «resocialización» ni de «cuidado del reo». Las personas que la cárcel encierra hablan de sobrevivir. En la cárcel se lucha para simplemente lograr mantener la vida, para lograr defenderse de la tutela del Estado.
En la actualidad, las cárceles e instituciones de encierro argentinas marginan, estigmatizan, vulneran y violentan a más de 60.000 personas. Pero la cifra cobra un valor aún más desgarrador si se le suma el número de vidas que han pasado por ellas. Un sufrimiento y un flagelo del Estado mucho mayor a lo largo del tiempo.
La cárcel deja marcas que duran toda la vida en el cuerpo de quienes encierra. En la actualidad, hay cientos de miles de vidas que deberán sobrellevar las marcas grabadas por la violencia institucional.

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