10987658_10206485634525253_1332437807715101172_oPor Malena Garcia

Una puerta giratoria y una música dramática. Así empieza el video que lanzó el Frente Renovador la semana pasada, con la consigna ‘‘Basta de jueces sacapresos’’. En primer lugar, es importante desmitificar algunas cosas: los presos no entran por una puerta y salen por la otra. Según la Organización de las Naciones Unidas, la población carcelaria en Argentina creció de 37.885 personas en el año 2000 a 59.227 personas en 2010, es decir que casi se duplicó en diez años. Hoy las cárceles no sólo están superpobladas, sino que un 60% de las personas detenidas ni siquiera tienen condena: no se demostró si son inocentes o culpables del delito.

‘‘La inseguridad es el principal problema de los argentinos’’ se sentencia entre las imágenes recopiladas de distintos canales amarillistas, que tienen un objetivo en común: que la gente relacione la palabra ‘‘delito’’ con un solo sector social. Casualmente el más vulnerable. También, que la palabra ‘‘inseguridad’’ sea sinónimo de que te asalten y te roben el celular, y no de otras inseguridades, como no tener una casa que se banque una tormenta o una salita que funcione en el barrio.

‘‘El delito crece en todas las ciudades del país’’: falso. Según la Oficina de Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, el índice de criminalidad en Argentina se posiciona hoy con una tasa de un 5,5 de homicidios dolosos por cada 100.000 habitantes. Si comparamos los datos con los años de la crisis económica, vemos que en 2002 alcanza un pico histórico de 9,2.

Podemos ver que ante la mayor vulnerabilidad, desestabilización y desigualdad social, hay una tendencia a la mayor criminalidad. No hay más delitos que antes, lo que pasa es que los delitos que suceden están todo el tiempo en televisión. Entonces, ¿por qué estos factores no se tienen en cuenta a la hora de pensar políticas para reducir el delito? Sucede que para el Frente Renovador, ‘‘no hay tiempo para debates ni para vanidades ideológicas’’. Las soluciones siguen siendo las que se vienen implementando desde los ’90: rápidas, sin discusión de los problemas de fondo, y por ende ineficientes.

Otro punto que se toca en el video es la corrupción y la venta de drogas. Claro que no se menciona que sin complicidad policial no podrían existir delitos como el narcotráfico o la trata de personas, o que es una institución corrupta por excelencia, o que policía y funcionarios públicos juegan el mismo juego. En su lugar, se acusa al eslabón más débil de toda la cadena: el pibe o la piba pobre. Para esta problemática tan compleja se propone cerrar fronteras, porque si la culpa no es de los pibes chorros es de los/as inmigrantes (siempre que sean pobres, vale aclarar).

Al hablar de impunidad se muestra el femicidio de Ángeles Rawson, otra elección no casual. Porque era una chica de clase alta, porque era una ‘‘buena víctima’’: ella no se lo buscó como Melina Romero, ni se descuidó como Daiana García.

Tampoco quedan afuera las críticas a la Reforma del Código penal, porque reduce las penas en 146 delitos (sin mencionar cuáles), elimina la reincidencia en el delito y hace excarcelable el robo con armas y la venta de drogas. Se elige ‘‘la defensa del delincuente y no de la sociedad y la víctima’’: en ningún momento consideran la posibilidad de que los delincuentes sean parte y producto de esta sociedad, y mucho menos pensar en la cantidad de veces que son víctimas.

Cuando se dice que ‘‘todos hemos sido víctimas directa o indirectamente de un hecho de inseguridad’’ no se dice que al fin y al cabo, el pibe que creció robando y fumando paco es la verdadera víctima, la que no tuvo contención familiar, escolar o estatal, acceso a vivienda digna, a educación y salud, a herramientas que le permitan tener un trabajo digno. En fin, a todos los factores que hacen que una persona pueda salir de ese círculo de violencia, que empeora con la estigmatización social que pesa sobre ella.

Y finalmente se ataca al juez Axel López, por hacer lo que el Frente Renovador pide con vehemencia: que se cumpla la ley. Ernesto Cabeza estaba condenado a 24 años de prisión por cuatro violaciones. Dos semanas después de salir, intentó abusar y mató a Tatiana Kolodziey. Incluso siendo conscientes de la complejidad y gravedad de la situación, hay que separar las cosas: por un lado, la tarea de un juez abarca toda la transición de una persona en la cárcel. A medida que los años de condena avanzan, las personas comienzan a tener salidas transitorias para ‘‘adaptarse’’ nuevamente a la calle. De hecho, son pocos los jueces que no ceden ante la presión política y social y no niegan el derecho a las salidas transitorias cuando corresponden.

Ahora bien: si una persona sale y comete un delito de nuevo, evidentemente, según su razón de ser, hay algo que no funciona en la cárcel. Sumado a esto, salir de la cárcel implica quedar totalmente desamparadx, sin protección ni seguimiento del Estado, con muy pocas posibilidades de encontrar un laburo y con el peso de la discriminación.

Por otro lado, esto es un hecho que no puede verse aislado de la sociedad patriarcal: ‘‘un violador no está enfermo, es un hijo sano del patriarcado’’. Culpar a un juez sería correr el eje del debate: necesitamos soluciones para un país donde se produce un femicidio cada 30 horas, donde las mujeres mueren por abortos clandestinos, donde las víctimas son culpables de las violaciones, donde se perpetúa todo tipo de violencia hacia las mujeres.

Si es que el candidato no es sólo un oportunista y le preocupan las violaciones o los femicidios, podría incluir en su lista de propuestas algunas que de mínima mencionen la violencia de género.

La contradicción más grande está en el doble discurso de Massa. Por un lado, nos dice ‘‘basta de jueces que no creen en la cárcel’’. Entre líneas, la cárcel cumple con el objetivo para el cual fue creada, que es la ‘‘resocialización’’: una persona que atraviesa una condena no va a delinquir más al salir. Y por otro lado, nos dice ‘‘basta de jueces saca presos’’. Si la cárcel funciona… ¿por qué la gente no tiene que salir de ahí? Para el candidato, la cárcel tiene que encerrar para siempre, una suerte de pena de muerte disimulada.

Las imágenes violentas, la música, la puerta giratoria que se cierra de un golpe y con candado, todo forma parte de las estrategias que se da el Frente Renovador para generar miedo en la población, aprovechándose de un tema tan delicado como las violaciones, con tal de juntar votos en plena campaña electoral. Su táctica es consecuente con lo más berreta del periodismo: generar impacto como sea, incluso utilizando datos falsos, omitir información fundamental para pensar políticas públicas, utilizar el miedo y la desinformación como un mecanismo de control. Por eso, acá Massa la juega de verdugo, queriendo aplicar guillotina a mansalva. Pero con videos oportunistas y propuestas sin soluciones de fondo, las fichas saltan solas.

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