Por Lucio V.

“¡Justicia!” El pedido por la justicia es uno de los reclamos más comunes que ha habido en la historia, un reclamo que se hace presente a diario, con el que convivimos. Pero ¿qué significa realmente?

Extremadamente variado es el contenido de ese grito de justicia, y la última semana ha sido una demostración de esto: dos actos que a simple vista son fuertemente contrarios pero que tienen gran conexión.

Por un lado estuvo la llamada “Marcha del silencio” o 18F. Una manifestación que tuvo como base la demanda de justicia por la muerte de Alberto Nisman. Una demanda cargada de contradicciones, arguyendo la necesidad de defender las instituciones republicanas, son los propixs funcionarixs del sistema judicial quienes se autoexigen el reclamo, y se organizan y convocan a una marcha “apolítica” cargando las tintas sobre el gobierno. Una marcha de la que “todo el mundo habló” debido a la magnificación y épica que le dio la cobertura de los medios masivos de comunicación.

Por otro lado, el viernes 20 de febrero en la ciudad de La Plata, se realizó una marcha reclamando justicia por el caso de Omar Cigarán, un pibe del Barrio Hipódromo que el 15 de febrero de 2013 vio terminada su vida –como muchxs otrxs– por culpa de la maldita policía. Como pasa en movilizaciones por casos similares, la del viernes no salió en los grandes medios ni se hicieron presentes miles de personas. Responde a un reclamo más humilde pero que debería ser igual de importante para nuestra sociedad, un reclamo que sin miedo se declara político al grito de “¡Ni un pibe menos!”

Viendo cómo estas marchas tienen un carácter tan diferente, vale ponerse a pensar qué es esa justicia de la que tanto se habla. ¿Es la misma en ambos casos?

Se trata de una pregunta a la que no se le puede dar una respuesta exacta. Desde los tiempos más antiguos se viene debatiendo qué es la justicia, aunque la gran mayoría de las opiniones que suelen verse en la agenda pública beben de esa definición que dieron en su momento lxs antiguxs romanxs: “dar a cada unx lo suyo”. Darle a cada unx lo que merece dependiendo de cómo actúa y quién es.

Esa expresión se hace presente de una manera clara frente a estos dos casos, ya que una gran parte de la sociedad sigue apoyando lo que sostiene esa vieja frase. Para muchxs, Nisman merece justicia porque era un ciudadano intachable y modelo que cumplía un honorable cargo como funcionario público. Además, merece aún más que se haga justicia por ser alguien que estaba en medio de una investigación contra un gobierno corrupto y maligno que indudablemente fue quien lo mató. Seguramente, esa misma gente no se conmovería ni movilizaría de tal manera por Omar. Mucho menos inocente, quizá merecía su muerte, ya que todo abatidx o ajunticiadx por la policía tiene un grado de culpabilidad de antemano –así como Nisman tiene su cuota de inocencia.

Viendo esta total indiferencia social al caso de Omar, podría pensarse que hay que dar vuelta la balanza, después de todo, Nisman es por su prontuario alguien que difícilmente represente realmente a los intereses del pueblo. Pero aun así, caeríamos en un discurso muy simplista, reproduciendo los vicios que caracterizan nuestra injusticia diaria. El caso de Omar –como el de tantxs otrxs pibxs– y los reclamos que podamos hacer, tienen que ser una muestra de que se puede ir mas allá de la idea de que la justicia se merece, luchando para que todas las personas tengan un mismo derecho a que se respeten sus reclamos para lograr lo justo (siendo “lo justo” algo que también tiene que ser puesto en debate).

Entonces, ¿es esa la misma justicia por la que ambos grupos de personas gritan? Las respuestas van a ser varias, especialmente por lo impactante que fue la movilización del 18F, pero aun así, a fin de cuentas el reclamo sí es el mismo.
Ambas situaciones son una muestra de las claras falencias de nuestro sistema de justicia, un sistema ineficaz y corrupto que siempre se ve atravesado por luchas de poder. Un sistema en el que sólo lxs más poderosxs y aquellxs a quienes consideren correcto darles acceso, pueden lograr sus objetivos y conseguir esa tan anhelada justicia.

Teniendo en cuenta lo que se conoce de la investigación, es muy difícil que en otro contexto Nisman haya podido lograr las imputaciones que solicitaba y aún más difícil resulta pensar que haya buscado resolver las intrincadas cuestiones que hay detrás del atentado a la AMIA –un hecho por el cual también ahora y siempre hay que seguir clamando justicia–, pero los motivos que lo llevaron a ser asesinado o suicidarse son algo que merece una investigación adecuada como la de cualquier otro caso y que claramente está resultando dificultoso, por lo que es lógico que haya gente que reclame justicia para este caso.

Aun así, contra lo que se ha dicho cotidianamente, no posicionarse a favor del 18F no significa ignorar ese pedido de justicia ni mucho menos estar en contra de que se llegue a la misma. No hacerlo supone diferenciarse notoriamente de los intereses nefastos promovidos por los diversos actores que se presentaron e hicieron posible la movilización, intereses que claramente diluyen cualquier tipo de reclamo honesto de justicia que pudieran haber tenido algunas de las personas que asistieron a la misma.

Entonces decir “No somos Nisman” es en realidad decir “No aceptamos una (in)justicia como la que hay actualmente”. Es declarar que se está en contra de todxs aquellxs que quieren afectar y arrasar con las clases populares; de los gobiernos imperialistas y sus aparatos de inteligencia que intentan involucrarse en nuestra vida política; de esa infame “familia judicial” que se luce mientras encabeza la marcha recibiendo alabanzas en vez de ser abucheada por haber impedido la resolución de la causa AMIA entre tantas otras; de este gobierno que ha hablado de la necesidad de una reforma en el aparato de inteligencia incluso desde antes de llegar al poder pero que luego ni siquiera lo puso en discusión hasta este momento de conflicto; y de la totalmente corrupta y oportunista oposición que no ha visto en la movilización más que otra ocasión susceptible de capitalizarse políticamente.

Entonces frente a todxs aquellxs, nos nace gritar “Somos Omar Cigarán, Franco Casco, Ismael Sosa, Luciano Arruga y todxs lxs demás pibxs asesinados por la policía”. Porque hacerlo no es ignorar a algunas personas que sufren todos los días, sino incluir a otras. Es demostrar que no se quiere una justicia que haga la vista gorda frente a todos los trágicos hechos que nos rodean a diario. Es no querer darle a cada unx “lo que merece”, sino que cada persona que sufra una injusticia pueda avanzar frente al dolor y sentir que su lucha y todas las demás son una sola.

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