Escrito colectivo realizado desde adentro
Dirán ustedes, ¿por qué macanear y hacernos al ataque de los muros de blanco? ¿Por qué no mejor quedarnos panchxs y mateando, y dejar que sigan así? Porque ese blanco de cuatro paredes es silencio, es sumisión, monotonía y rutina. Es también injusticia…y a kkklklklklnosotrxs no nos quiebra nadie.
Primero lo asaltaremos con un arsenal de líneas negras de todas las formas y grosores, y lo obligaremos a con tornearse para que grite. Les pondremos voz y vida a sus personajes. Después lo bombardearemos con muchos colores, para que sus ardientes rojos, amarillos y violetas lastimen a los negros, grises y opacos de aquellos tristes atuendos de rati, de sus borceguíes de goma que marchan sobre el penal marcando el tiempo del encierro.

Porque por suerte nosotrxs hemos comprendido que el arte es también una trinchera, que es un arma poderosa, de lucha, desanestesiante, para llevar a todas partes: a las marchas, a la cárcel, a los barrios y a la casa. Así como todx presx es político, todo arte es político, y nuestro mural se destila por las grietas del paredón.

El arte es un engendro particular. Desde las primeras contracciones es expresión de nuestras historias, de nuestros torbellinos de sentimientos y nuestros caminos andados. Y cuando ya está por parir, cuando ya se asoma en el mural, en la poesía, en la canción o en lo que fuera, el arte sigue siendo intensamente político. Porque es cuestión de griterío, de disputa y de batalla para mantenerse en pie, y no quebrarse.
Y quizás en la noche alambrada de la unidad los ruidos, los estruendos, los barullos de aquella multitud que brama en la pared y empuña las banderas no dejen conciliar el sueño de algún rati. Lo obliguen a desvelarse para prender la luz y espantar el revoloteo de aquellas imágenes que denuncian sus culpas y silencios. Y entonces también eso será política.

¿Por qué hacer un mural en el encierro? Él será nuestro portal, un portal de la contradicción con aquellos otros paredones descascarados, blancos o tiznados, altos y predecibles que se levantan sobre el penal, y no dejan ver la calle, y arañan sin tregua con sus alambres de púa a las nubes. Esto se trata de la guerra de los muros. No olvidamos que aún el nuestro sigue siendo el paredón de la opresión, del sistema de la desigualdad, pero no por ello nos rendimos.

Iremos por más: queremos hacerle soportar al paredón el hormigueo insoportable de aquella multitud movediza que pintemos sobre su lomo, de aquellas esperanzas que escupimos sobre él y de aquellas tantas luchas que hacen falta. Los nombres de los compañeros abatidos por el sistema de la dominación, el gatillo fácil y la discrepancia también hormiguean de aquí para allá. Marchan, con bronca, sobre la pared. Se escapan y le dan picazón a los rati, escalan hasta la cartera de alguna madre de visita, se prenden a los zapatos del hermano que trae comida, se escabullen de la cárcel y hacen hormigueros en otras, muchas partes. También acompañan a los compañeros a la celda cuando ya es tarde, y ganan por un rato los descoloridos e injustos muros del “buzón”.
Capaz por miedo de este hormigueo nos ponen tantas vallas en el camino: si no quieren que hagamos un mural es porque saben que el arte es política. Porque pretenden que no lo sea, o al menos que lo olvidemos.
Nota publicada en la revista Atrapamuros #5

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