Por un compañero desde adentro.

Yo no tengo la culpa de haber nacido en un barrio, un contexto, una parte de la sociedad, donde se vive lleno de violencia, y crecer lleno de rencor. Vivís en la marginalidad, donde la mayoría pasa necesidades básicas, donde una madre o un padre reniegan siempre de lo mismo “no alcanza la plata, la puta plata”. Porque hay que pagar los impuestos que el Estado impone, para cubrir las necesidades básicas, para ellos, para sus hijos. Tenés que tener todo lo que “el mundo del consumo” te vende para que permanezcas en esta sociedad y no ser excluido. Y lo más importante que es alimentarse y vestirse, porque si no te morís de hambre o de frío.

Tampoco tengo la culpa de que sea más útil agarrar un arma que una lapicera, porque ese arma te ayuda a llenar la panza y a permanecer al mundo del consumo. Es el contexto que te alienta a dejar de estudiar porque en ese momento, tu familia necesita de tu ayuda y ahí, te condenás o te esclavizás.

Solo tenés dos opciones, robás o trabajás. Trabajás para vivir una vida de esclavo, porque el que trabaja acá nunca progresa y se hace rutina la vida de esclavo. O robás, poniendo en riesgo lo más importante, la vida. La tuya y la de otra persona. Pero ya no te importa tu vida, porque estar muerto sería el alivio para no seguir renegando por esa “maldita plata”, y no te importa la vida de esa persona, porque no la conocés y no sabés quién es.

Es ese momento es cuando te tildan de culpable y te condenás. Sí, culpable de robar. Y ahí pasas a ser un número para el juez que nunca te conoció, ni a vos ni a tu historia. Vas a parar a la cárcel, a la tumba, porque es lo más parecido a la muerte. No existís, pero no estás muerto. Es lo peor que te pueden hacer, quitarte la libertad antes que la vida. Es el infierno vivificado.

Y nos “cabe” el chamuyo, nos cabe a mí y a la sociedad, de que estamos enfermos y la cárcel es el hospital que nos va a curar. Ese es el chamuyo de la resocialización. Pero la realidad es que no se implanta una cura, una solución. No, todo lo contrario.

Nos impusieron un sistema de castigo, de represión y violencia, de miedo, de exclusión y de división. Castigo, quitándonos y violando nuestros derechos (salud, educación, alimentación). Exclusión porque los dueños de este sistema, el servicio penitenciario (los “cobanis”, “ratis”, “putos”) sienten un poder, una superioridad denigrante. División porque no permiten la unión de los presos, a través de traslados, o dándoles mayores beneficios y libertades a presos que terminan siendo funcionales al mismo sistema que los tiene encerrados. Represión y violencia porque están esperando que a través de ese castigo, esa exclusión y esa división, se genere un malestar entre estas personas que están en una misma condición, para que terminen peleando entre ellas y así reprimir a través de la violencia física.

En este sistema que implantaron, es el mismo penitenciario que tendría que ayudar en nuestra “resocialización”, el que potencia y fomenta de una manera terrorífica el “delito”.

Y después todos hablan, todos critican, pero nadie hace nada para que ese pibe, niño o bebe que nació en la marginalidad no llegue a que lo tilden de culpable de un delito.

Hacen política con nosotros. Estamos en tapas de diarios y en cualquier medio de comunicación. Hablan, todos critican, piden castigo, más encierro. Pero ese encierro lo único que genera es división, rencor, más problemas (para cuando vulvas a salir en libertad). Para seguir reproduciendo lo que llaman delincuencia. ¿Delincuente se nace o se hace?

La verdad es que lo odio al sistema ¿y el sistema puede controlar tantas personas? ¡Qué locura! Porque la respuesta es que sí. Y siempre son los mismos, los marginados, los que no tienen, los que no son, los condenados en vida a esclavizarse y en muerte en una cárcel. Los que no existen, que están pero la sociedad los esconde, los ignora, los droga, no les permite una educación digna y los controla. Tampoco los escucha y se hace ver cuando los condena, los reprime, los castiga, los excluye.

Y salen en libertad. Volvés a la “calle”, volvés al mismo contexto de marginalidad adonde te criaste. Y lamentablemente para nosotros, los condenados vuelven nuevamente a esas dos opciones, esclavizarte o robar.

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