Por Tristán B.

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Todo eso que es castigo pero que vive fuera de la cárcel: un sistema penal que se estructura en torno a los miedos de burgueses asustados. Entrevista con Juan Tapia, Juez de Garantías de Mar del Plata.

Más allá y más acá

Ninguna condena empieza y termina en la cárcel. La gran mayoría de los pibes y pibas que caen por primera vez presos conocen desde antes cómo pega la policía; y nadie que salga del encierro dejará por eso de sentir cotidianamente el peso de la persecución estatal. Hay algo que existe más allá y más acá de la cárcel, y funciona con policías, jueces, fiscales, abogados y demás personajes de la fauna estatal. Esta nota es una charla con Juan Tapia, Juez de Garantías de Mar del Plata, acerca de toda esa máquina encargada de marcar gente, perseguirla y castigarla de por vida.

Todo este sistema parece por un lado algo gigante e impersonal, compuesto de legajos, procesos, normas y reglamentos ejecutados burocráticamente por funcionarios públicos apáticos; pero hace falta ver también cómo sus engranajes funcionan a través de rutinas represivas y cotidianas de las distintas fuerzas del orden. Y cómo, en la conjunción de ambas partes, todo esto significa una sola cosa: el estado interviniendo con violencia en la vida de miles de pibes y pibas, todos iguales frente al ojo acusador: pobres, negros, desocupados y por lo tanto propensos a cometer pequeños y torpes delitos, que serán castigados como si fueran el origen de todo mal.

La clientela punitiva

La gran masa de detenidos –dice Tapia– no son ni homicidas, ni abusadores sexuales, ni son psicópatas perversos; no son excepcionales, ni extraordinarios, sino que son esa carne de cañón, esa mano de obra desocupada y frágil, generalmente el último eslabón de economías delictivas más grandes. Es este delito el que va a ser el caldo de cultivo de las intervenciones policiales, junto con un sistema de proceso judicial enlatado, rápido y eficaz, que permite resolver un conflicto muy complejo y asignar responsabilidades sólo considerando un acto arbitrario, desconociendo toda la historia de una vida, pero sobre todo trabajando con lo visible, con lo evidente, interviniendo sobre un hecho y desentendiéndose del contexto. Así se esconde la incapacidad de las armas de persecución del estado de procesar redes delictivas más complejas, que muchas veces involucran a los mismos sectores sociales que demandan mano dura”.

Procesando lo torpe y evitando lo realmente importante el estado va creando su clientela punitiva, compuesta por cientos de pibes y pibas que no van a ser encerrados en cárceles en un primer momento,

sino que van a empezar a transitar por un camino que Juan Tapia describe como “plagado de pequeñas intervenciones muy anteriores a la formación de una causa penal, como la detención por averiguación de identidad, que es una forma de castigo sustituto y de limpiar la ciudad, o en los barrios pobres, haciendo ingresar a los pibes en circuitos de trabajo para la policía. Castigos que se replican diariamente, formas de control social, de registro de datos. Esos primeros procedimientos van generando imágenes, fotografías y álbumes, y luego van, a partir de ello, interviniendo con una etiqueta sobre determinadas personas a las que les van colocando el mote de potenciales miembros de la clientela punitiva”.

Bestia de tres patas

Así, más allá de la cárcel, existen “otras instituciones, que son las que seleccionan y determinan quiénes son los que van a ingresar a la cárcel, que en definitiva es la última de las tres patas sobre las que se apoya el sistema penal. Hay otras estructuras de control, de dominación y de poder –las otras dos patas: la policía y el sistema judicial–, que abarcan muchas más personas de las que están sometidas al encierro”.

Pero esta bestia no actúa en el vacío, sino que responde “a demandas de la sociedad, porque en definitiva la cultura policial se integra de lo que sectores de la sociedad reclaman a la policía que haga”. Desde la primer averiguación de identidad, pasando por la amenaza, la discriminación y la golpiza; luego quizás la imputación de una contravención y la aparición confusa de jueces, fiscales y abogados –todos tirando para el mismo lado–, para terminar más tarde en prisión preventiva acusado de un delito menor, un pibe o piba de barrio va sintiendo lo que es la mirada sospechosa de la sociedad defendida por las armas del Estado.

¿Pero por qué la sociedad se empecina en castigar así a algunos de sus integrantes más indefensos? Para Tapia está claro: “En definitiva lo que actúa es el miedo. El miedo que reproduce pequeños fascismos, el miedo que ve al otro como un posible sujeto peligroso, el miedo que se ve en un auto polarizado, en los paredones de los barrios cerrados. El miedo es lo que implica el temor al diferente, a la visera, a la capucha, al morocho, y es el que avala estas prácticas policiales y judiciales. Porque nunca se trata de algún loquito que cometió un exceso en el marco de un caso aislado de abuso policial, sino que esas prácticas son respaldadas y fomentadas socialmente”.

*Nota de la Revista #5 de Atrapamuros

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