Pruebo trepar hasta un ventanal

buscando el aire y me balean fiero
Viejita, amor, hijas y amigas,
buscan noticias en la puerta, ahí fuera.
Pabellón Séptimo,
Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado
La noche del sábado 15 de Octubre de 2005 se produjo un incendio en un pabellón de la Unidad Penal N° 28 de Magdalena. A la mañana siguiente, se supo que 33 presos habían muerto, todos ellos asfixiados. Fue una de las más trágicas masacres que ocurrieron en la historia de las cárceles argentinas. No fue la única pero sí la más reciente, y cumplió hace unos días seis añitos de vida y muerte.
La versión oficial
En las cárceles de la provincia de Buenos Aires hay una única autoridad: el Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB).  Sin injerencias significativas de otras instituciones de gobierno, sin control de nadie, sin responsabilidad asumida y sobre todo sin culpa, el Servicio hace allí dentro lo que quiere. Y cuando algo sale a la luz, es el primero (y muchas veces el único) en construir la historia oficial.
Esos relatos generalmente se estructuran en base a los mismos rasgos: internos violentos, luchas intestinas de poder, rebelión contra la justa autoridad. Este caso no fue la excepción. Fernando Díaz, Jefe del SPB en ese momento, salió a decir al día siguiente del incendio que todo había empezado con una protesta de presos que quemaron colchones, el fuego se extendió y no llegaron a atenderlos. Deslizó también la idea de un motín como origen de la tragedia y aseguró que hubo una “gresca descomunal”. Y tratando de calmar las aguas, el intendente de Magdalena habló, simplemente, de un “hecho desafortunado”.
Aproximación a los hechos
Pero está claro que la versión oficial oculta y distrae, el SPB utiliza su autoridad para distorsionar los hechos e intenta lavarse de sus manos la ceniza negra que ahogó a 33 personas. Esta versión oficial invirtió el orden: habló de un motín como origen de los hechos, cuando todo indica que el motín ocurrió luego del incendio, al enterarse el resto de la población carcelaria de la unidad que habían muerto la mitad de los presos que vivían en el pabellón 16. Pericias posteriores indicaron que el fuego se apagó sólo, luego de consumir a todo el pabellón, porque los agentes penitenciarios cerraron los candados y huyeron. Las bombas de agua estaban vacías y los matafuegos, vencidos.
Fueron los presos del pabellón vecino quienes, con mazas e instrumentos que les arrebataron a los bomberos (que miraban impotentes las puertas trabadas), arremetieron contra las paredes y los techos, penetraron en el pabellón 16, rescataron a los sobrevivientes y vieron el horror, aterrados no sólo por lo sucedido a sus compañeros sino también por las represalias que podían sufrir al ser testigos directos del homicidio culposo de los agentes penitenciarios. “Le tiré un balde con agua a un preso, para ayudarlo –contó un pibe del pabellón vecino a un diario dos días después–. Pero estaba muerto, todo negro, seco y pegado contra la ventana.”
Las autoridades sólo se encargaron de la tarea con la que se sintieron más a tono: apilar los cadáveres en el playón, a la vista de los familiares que, agolpados en la puerta, no pensaban ya en el día de la madre por el que se habían trasladado hasta Magdalena sino en la muy cierta probabilidad de que la persona a quien habían ido a visitar sea uno de esos cadáveres negros. Con rostro de hierro, los penitenciarios sostuvieron hasta las 9 de la mañana que los muertos eran 17, entre supuestos heridos por cuchillos y facas y asfixiados. Luego se supo que eran 32 (uno más, el número 33, murió luego, intoxicado por el cianuro que desprenden los colchones al quemarse), todos asfixiados tras haber sido encerrados en un pabellón prendido fuego, y que la hipótesis oficial de la pelea como causa de muertes era un invento.
El pibe y su hermano
Este año, un pibe preso en la Unidad 18 de Gorina me contó que uno de sus hermanos murió en el incendio de Magdalena. Él mismo se enteró de todo desde la cárcel, igual que sus otros hermanos: están todos presos en diferentes cárceles. Me habló de cómo su madre esperó afuera, desesperada toda la noche, noticias sobre su hijo. También de cómo las autoridades de Derechos Humanos de la Provincia les prometieron luego mil cosas, todas innecesarias y banales a la hora de reparar la muerte de alguien. Y me lo decía rendido, como si nada se pudiera hacer, él encerrado, sus hermanos encerrados, su madre destrozada.
Pero hay algo que no hay que perder de vista: esto no fue un hecho aislado, un accidente desafortunado en un sistema que de otro modo respeta las vidas de lxs presxs. No, los derechos más básicos son constantemente vulnerados en las cárceles bonaerenses. Lo eran en el penal de Magdalena en 2005 y lo siguen siendo hoy. Comida, atención médica, visitas de familiares, posibilidad de trabajar y estudiar; todo está administrado a discreción por el SPB, autoridad total que otorga “beneficios” a cambio de sumisión y orden. No hay derechos donde comer es un beneficio.
El pibe que me contó esto, por ejemplo, no estaba charlando conmigo porque sí: me estaba contando que quería empezar un taller de alfabetización, porque con más de 30 años, nunca nadie le enseñó a leer y escribir. Las cárceles del SPB se encargan de encerrar a quienes no tuvieron posibilidad de desenvolverse libremente en este mundo, quienes desde cierto punto de vista “no tienen valor”, y por eso pueden ser encerradxs mientras se prende fuego todo.
Lo mismo de siempre
Pasaron ya seis años y ninguno de los penitenciarios fue juzgado por sus crímenes. De 18 acusados, 16 fueron sobreseídos. Sólo hay dos imputados, y la causa se encuentra trabada por un nudo de apelaciones.
Mientras tanto, en estos años, en las cárceles no volvieron a suceder tragedias tan grandes como esta, quizás porque lxs presxs aprendieron lo que los penitenciarios les querían enseñar: si arman algún bardo lxs vamos a encerrar y lxs vamos a dejar morirse. Hoy entre los escasos recursos que tienen lxs encerradxs para protestar están las huelgas de hambre, pero lo cierto es que generalmente reina la mirada baja, la tristeza y la resignación. Continúa la tragedia, igual que siempre, sólo que con formas levemente distintas. Hoy, como ayer y como siempre en toda cárcel, lxs presxs siguen mirando la pared si el pasarela grita, para tapar quejidos y lamentos.
 
Por Tristán 

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