Hace poco llegó a mis manos un calendario realizado por las mujeres de la unidad 33 que el año pasado terminaron, en la escuela que allí funciona, el secundario. El almanaque era el broche de oro de un gran esfuerzo, representaba el triunfo de cinco luchadoras que habían atravesado el duro camino que implica estar presas y estudiar. A cada mes correspondía una foto, donde se las veía compañeras, alegres, emocionadas. Una de las fotos celebraba, escrito con tiza sobre el pizarrón: “un año menos” mientras una de ellas posaba sonriente.

Esa frase quedó resonando en mi cabeza, “un año menos”… y me hizo reflexionar sobre el tiempo: ¿Cómo se mide el tiempo?, ¿El tiempo avanza, retrocede? ¿Las personas, las sociedades, avanzamos en el tiempo, o es el tiempo el que nos pasa? ¿Cómo es que llegamos al punto de decir que “no tenemos tiempo”?

Crecí en un ámbito donde ser niño significaba tener un mundo por delante; crecer era un anhelo, porque “cada año más” significaba no sólo soplar algunas velitas más en la torta sino también avanzar en la vida, ir para adelante, aprender, progresar. 

De más grande, me di cuenta de que el hecho de crecer y tener más años no era sólo una cuestión de tiempo acumulado, sino que hay muchas maneras de medir el tiempo y de que por difícil que parezca para los aficionados del cronómetro, el tiempo que medimos no es el mismo para todos. En esta sociedad donde todo puede y debe ser traducible en minutos, días, meses y años, el tiempo que sirve, que cuenta, que vale, es el tiempo que ganamos “haciendo algo productivo”. Son los grados aprobados de la escuela, los años de estudio, las horas de trabajo. Festejamos como un triunfo cada año que pasa y cada año que cumplimos, con la certeza de que los próximos serán mejores.

Me pregunto entonces: ¿cómo será la vida cuando lo único que cuenta son los años menos? Cuando el tiempo no es más que una gran cuenta regresiva y todo lo que se suma, esos minutos, días y meses de encierro son en realidad una inmensa resta. Cuando todos los deseos y los proyectos, se traducen nada más y nada menos que en el tiempo que falta para volver a “la vida”, donde el tiempo corre de verdad. 

Al entrar a la cárcel entramos, como les gusta definir a los sociólogos, en un espacio de no-tiempo. Detrás de los barrotes el tiempo parece no avanzar, sobra, deja de ser escurridizo y escaso como en la calle para tornarse plomizo, nauseabundo, pesado. Se instala calladito en cada celda y comienza a coparlo todo, como si no sintiera ya la necesidad de correr se apenca a los cuerpos y a las mentes. Poco pueden decir los relojes al respecto, porque ahí adentro ya no hay cronómetro que valga: en el encierro cada minuto es una eternidad, cada paso un mundo, cada tarea una vida. Todo cuesta mucho esfuerzo; y el tiempo que no pasa…

Presos y presas se convierten en maestros y maestras de la espera, en reyes y reinas de la paciencia. En esta “escuela del mundo al revés”, como diría un uruguayo, ellos y ellas aprenden a contar para atrás. Un año menos. Y sin embargo, sin saberlo, se vuelven audaces luchadores y luchadoras que en cada sonrisa, en cada mate compartido, en cada visita, en tan solo minutos, ganan batallas y suman fuerzas para enfrentar una vez más la soledad. Y con cada victoria denuncian la injusticia de un sistema que aísla y encarcela a aquellas y aquellos que no tuvieron la suerte de crecer en un ámbito donde pudieran sumar horas productivas a sus vidas y así poder valer la pena. Sin educación, sin trabajo, en la pobreza y la marginalidad, miles de personas esperan tras las rejas, un año menos.

maru.

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